El consenso internacional existente entre los socialdemócratas se ha roto. Al entender las tensiones inherentes entre la gobernanza global, la autodeterminación nacional y la democracia, los socialdemócratas podrían encontrar una nueva legitimación para un internacionalismo coherente con la solidaridad del bienestar nacional.
Durante mucho tiempo, ha habido poca controversia en el seno de los partidos socialdemócratas sobre los asuntos de política internacional y europea. La cooperación internacional, la integración europea, la ayuda al desarrollo: estos objetivos estaban fuera de discusión y no politizados dentro del centro izquierda mismo. Los asuntos europeos e internacionales eran más o menos del dominio exclusivo de los expertos, los especialistas en asuntos exteriores, los funcionarios europeo y las ONGs. La política internacional era aplaudida con entusiasmo en los congresos de los partidos, confirmando así el factor sentimiento de bienestar de la solidaridad internacional.
El amplio consenso sobre el internacionalismo socialdemócrata (el “convenio silencioso” en palabras de Olaf Cramme) se ha roto. Los asuntos internacionales y europeos se han politizado muchísimo, incluso dentro de los propios partidos socialdemócratas. Tiene mucho que ver con el zeitgeist populista que domina el sentimiento público en gran parte de Europa. La política de consenso del establishment ha sido escudriñado y cuestionado por la revuelta populista contra la ’política de elite’. Los sistemas de gobierno más afectados parecen estar en los niveles de la política internacional y europea, que dependen en su mayoría de un mandato representativo de confianza en los diplomáticos, las ONGs y los expertos.
La distancia geográfica y de experiencia en el seno de la política internacional es en sí misma una vulnerabilidad. Se puede fácilmente describir como ‘una política lejos de nuestras propias camas’ y como el dominio (progresista) de profesionales académicos solo. El partido populista de derecha de Geert Wilders en los Países Bajos por ejemplo se refiere constantemente a los asuntos europeos e internacionales como ‘hobbies de de la izquierda’’. Por tanto, ahora estamos siendo testigos de una dura politización a lo largo de tres líneas divisorias o frentes: 1. Ayuda al desarrollo; 2. Seguridad internacional (intervenciones humanitarias); y 3. Integración europea.
Lo más trágico es la erosión de la solidaridad internacional en el dominio de la cooperación al desarrollo. La resistencia nativista-populista y el creciente número de valoraciones críticas resaltando la ineficacia de la cooperación al desarrollo socavan el apoyo popular así como la autoconfianza política de la izquierda. Los libros de Paul Collier (“The Bottom Billion”), William Easterley (“The White Man’s Burden”) y Dambisa Moyo (“Dead Aid”) han provocado un importante debate acerca de los efectos productivos y contraproducentes de la ayuda al desarrollo, pero también han proporcionado las armas al cinismo popular y populista en cuanto a la solidaridad internacional.
La ayuda al desarrollo es uno de los objetivos simbólicos que los populistas de derecha utilizan en contra de la socialdemocracia. La describen como un forma de malgastar el dinero de los contribuyentes en las poblaciones de los países pobres que ni conocemos, a través de las ONGs de las que tampoco nos podemos fiar, porque estas ONGs son una izquierda hipócrita y de ’caviar’’, que viaja en primera clase para ir a las zonas más pobres de África, y viven en lujosas casas de expatriados. La ayuda al desarrollo tiene un problema monstruoso de mala imagen ¿Cómo podemos volver a poner los hechos en el centro del debate?
Como resultado de la intervención militar posterior al 11 de septiembre en Irak y Afganistán, la política de seguridad internacional se ha politizado mucho. En los Países Bajos, por ejemplo, su misión militar en Afganistán causó un cisma en el seno de la izquierda progresista. Está creciendo el escepticismo sobre si las intervenciones militares contribuyen positivamente a la seguridad, la buena gobernanza y la democracia en esa región. ¿Hasta qué punto los corruptos señores de la guerra se han convertido ellos mismos en parte de los conflictos nacionales e internos? ¿Hasta qué punto las operaciones internacionales de seguridad en el extranjero (fuera de área) contribuyen a la seguridad nacional o incluso si tienen un efecto contraproducente, alimentando el terrorismo nacional? Recientemente, los Verdes holandeses y los Socio-liberales del D66 apoyaron una misión de formación de la policía en la región afgana de Kunduz. El PvdA y los socialistas del SP se opusieron a ella.
El proyecto europeo en concreto está bajo presión política. Pensemos en las polémicas inesperadas sobre el referéndum de la Constitución Europea en Francia, Holanda e Irlanda, partiendo a los socialdemócratas justo por la mitad. Pensemos en la crisis económica actual y la crisis política en la eurozona, creando tensiones sin precedentes entre los países deudores y los países acreedores. Pensemos en la triple división entre los que defienden apostar por la cooperación entre gobiernos – buscando la capacidad de resolver los problemas a través del reforzamiento del Consejo de Europa, los federalistas que buscan reforzar los poderes comunitarios de la Comisión y los euroescépticos que temen el impacto negativo en las democracias nacionales y el bienestar de los países de un proyecto europeo sin limites. Como resultado, estamos ante el retorno forzoso sobre una Europa a varias velocidades.
La nueva politización de la política internacional es también producto de la situación política y socioeconómica general. En Europa, los gobiernos de centro-derecha o los conservadores populistas han reaccionado a la crisis financiera y las crisis de la eurozona con duras políticas de austeridad monetaristas y neoliberales, poniendo en riesgo la solidaridad nacional.
Dentro del zeitgeist populista, las políticas nacionales de austeridad nacional están estrechando el espacio de la política y la cooperación internacional. ¿Por qué reducir los beneficios del estado del bienestar, escatimando la ayuda internacional? ¿Por qué mantener la solidaridad internacional, si está brutalmente rota la nacional? ¿Hasta qué punto la solidaridad nacional es una precondición para la solidaridad internacional?
Las reacciones socialdemócratas al internacionalismo desacreditado
Como consecuencia de todo esto, el internacionalismo de la socialdemocracia ha sido violentamente expulsada de la zona de comodidad. A la luz del nuevo contexto político, tenemos que reformular todos los textos convencionales “standard” sobre los asuntos europeos e internacionales en nuestros programas electorales y nuestras plataformas políticas. No podemos simplemente copiar y pegar – por lo menos sin un argumento más sólido - la petición de gastar el 0, 8% del PIB en la ayuda al desarrollo. No podemos escribir sin reflexionar que los socialdemócratas quieren, a toda costa, mantener y reforzar el principio internacional de legalidad – que implica el uso de la intervención militar si fuese necesario. No podemos copiar y pegar nuestra línea clásica: “Apoyamos una Europa fuerte y social”.
¿Cómo reaccionan los partidos socialdemócratas a la politización, altamente polarizada, de la política internacional? Grosso modo, se puede distinguir tres reacciones, todas con nuevos pros y contras. Distinguimos: 1. La socialdemocracia para la globalización; 2. La socialdemocracia del interés nacional; 3. La socialdemocracia ansiosa de domar al capitalismo.
La socialdemocracia para la globalización se resume a un salto adelante internacional: el internacionalismo total para adaptarse al nuevo orden global. Apartarse o morir. Convertirse en un actor global ser totalmente marginado. La UE debería ser miembro del G2 de America y China, otros intereses deberían ponerse en segundo plano. Este enfoque lleva a una mayor profundización y ampliación de la integración europea. Una Europa más unificada, con voz en la arena global será la única vía para rescatar la prosperidad europea y la influencia geopolítica europea en un mundo global con nuevos poderes emergentes. Este enfoque conlleva un compromiso total con la lucha contra el cambio climático, llevando a una fuerte reducción de las emisiones de CO2 y una economía más sostenible.
El lado oscuro de la política socialdemócrata de la globalización TINA (There is no alternative- No Hay alternativa) es ser vulnerable a la falsificación. ¿Y si los escenarios alarmantes de la globalización, el cambio climático, los poderes cambiantes etc. resultan ser ligeramente exagerados? ¿Y será factible la petición de una única voz europea en los asuntos mundiales? ¿Y, cuáles son los costes culturales, políticos y democráticos de una unidad europea reforzada?
La segunda reacción es lo que se podría llamar el descubrimiento socialdemócrata del interés nacional. A veces, los socialdemócratas adoptan la variante menos ilustrada, es decir, el concepto derechista, ego-nacionalista del interés nacional: por ejemplo, concentrándose en nuestra contribución al presupuesto europeo. Pero, también hay formas más sofisticadas de encontrar nuevas legitimaciones para la política extranjera basadas en una idea mas ilustrada del interés nacional.
El mejor ejemplo socialdemócrata de esto fue el debate publico sobre asuntos exteriores organizado en Noruega por el gobierno socialdemócrata bajo el título: ‘Los intereses noruegos y la globalización’. En su informe final, encontramos este enfoque sofisticado: “El objetivo principal de la política exterior de Noruega es salvaguardar los interés de Noruega. En opinión del Gobierno, una política exterior basada en el interés es aquella que es diseñada para progresar sistemáticamente en el bienestar y la seguridad de la sociedad noruega y promover nuestros valores políticos fundamentales. Para poder perseguir una política exterior dirigida y predecible en el tiempo, es importante que sepamos y seamos conscientes de estos intereses a lo largo del tiempo; y eso es un punto de referencia esencial de las relaciones de Noruega con otros países. Centrarse en los intereses es también crucial para reforzar nuestras capacidades a fijar prioridades entre varias necesidades, estrategias, elecciones de acción en nuestra política exterior”.
Por consiguiente, estos intereses nacionales se amplían y rediseñan para los ‘intereses mutuos’’ o ‘los intereses compartidos’. El interés nacional y los intereses internacionales se entrelazan así como los valores públicos y los valores internacionales: “Como el mundo se transforma cada vez más en una sociedad global, los intereses de Noruega en asuntos exteriores ya no pueden reducirse a un estrecho interés propio. Una de las consecuencias de la globalización es que los intereses nacionales de Noruega y nuestros valores políticos están estrechamente entrelazados. Por tanto, nuestra política exterior debe basarse en el principio del ‘interés propio ampliado’. Para eso existe una serie de ejemplos: la política de seguridad se ha ampliado para garantizar la integridad física de los individuos y protegerles contra las amenazas y los ataques de los poderes externos, pero al mismo tiempo también debe ser diseñada para salvaguardar una sociedad liberal, como la legalidad y los derechos humanos que juegan un papel esencial en el mantenimiento de la paz entre los países y previenen el radicalismo y los conflictos en muchas partes del mundo”.
El concepto de “bienes públicos globales” es comparable a este enfoque de búsqueda de la nueva legitimación, un asunto central de las críticas a la política holandesa, Al enfatizar que asuntos como el cambio climático y la escasez de recursos requieren soluciones globales coordinadas, se puede argumentar que esto está en el interés tanto de los países en desarrollo como de los Países Bajos (ver la recomendación del Consejo Científico Holandés para la Política Gubernamental: Menos pretensión, Más ambición. La Política de Desarrollo en Tiempos de la Globalización).
Uno de los problemas de esta perspectiva de interés nacional, es que reduce el análisis a nivel de un solo país. Las relaciones internacionales y transnacionales, y las tendencias están subestimadas. También tiende a convertirse en un enfoque más bien político, sin poner en cuestión el proceso de la globalización, ni criticar sus efectos polarizadores sobre los distintos países, las economías y los grupos de personas. Muchos problemas de hecho son causados por el impacto irregular de la globalización que produce grandes desigualdades y un conflicto potencial entre y dentro de los estados. Para enfrentarse a estos problemas, se necesita un enfoque político transnacional y no uno solamente de interés nacional.
Se puede encontrar una ‘ideologización’ renovada de la socialdemocracia a nivel internacional: utilizando la arena internacional como la forma más optima de domar el capitalismo financiero internacional. Para muchos social demócratas, la UE significaba ser una Renania desmilitarizada contra el capitalismo global ’anglosajón’: la Europa social contra un orden mundial neoliberal. Una muestra de esto es el programa electoral del PES para las elecciones europeas de 2007. Como apunta Olaf Cramme, “‘El fallo del mercado’ se ha convertido en el motivo principal, cambiando el foco desde las preocupaciones internas hacia las externas. La globalización neoliberal fue designada como el enemigo”.
Pero esta estrategia tampoco está exenta de dificultades. ¿Hasta qué punto los socialdemócratas de la Tercera Vía y los liberales progresistas han sido ellos mismos inductores del descarrilamiento de los mercados financieros internacionales? Pensemos en cómo los gobiernos de Clinton y Obama son acusados de estar a sueldo de Wall Street. Además de esto, desde que estalló la crisis financiera global, la socialdemocracia reaccionó con planes como la Tasa Robin y visiones de largo plazo como Nuevo Pacto Verde, pero no consiguieron proponer un programa práctico, incluyente y una coalición creíble para un verdadero cambio. Además, una visión de este tipo puede significar muy poco para los ciudadanos preocupados por la situación laboral y la migración.
Más triste y más sabio: ¿Un nuevo internacionalismo socialdemócrata?
Dicho todo esto - ¿cómo debería ser un internacionalismo socialdemócrata renovado? El internacionalismo socialdemócrata del siglo XXI debería ser directamente social y democrático en sus consecuencias, y no indirectamente, y debería estar estrechamente ligado a nuestros intereses y valores. Necesitamos renovar el discurso de la globalización y mostrar más respeto por las condiciones para una solidaridad sostenible.
- El primer requisito para una motivación intrínseca implica que la socialdemocracia necesita su propio discurso positivo. El compromiso sostenible no puede construirse solo sobre referencias a desastres que se materializarán a menos que hagamos cosas que de otra forma (intrínsicamente) seríamos reacios a hacer (por ejemplo: llevar el poder de toma de decisión desde los actores legitimados democráticamente a actores centralizados y tecnócratas).
- Nuestro internacionalismo debería ser de naturaleza más directamente social y democrática. Durante demasiado tiempo nuestro internacionalismo se ha reducido a ‘liberalismo-light’, mientras hemos puesto nuestras esperanzas en los resultados indirectos del crecimiento económico para lograr los objetivos sociales. De hecho, la globalización y la financiarizacion de la economía han contribuido a un rápido crecimiento económico, permitiendo a los gobiernos socialdemócratas poder seguir, entre otras cosas, financiando los estados del bienestar. Deberíamos volver a la misión histórica de la socialdemocracia que es la crítica del liberalismo en la práctica. Un critica de la inestabilidad, las manías y las fobias del sistema capitalista, de la desigualdad y las explotación que conlleva; del abandono de los valores centrales como la sostenibilidad, la cohesión social y el trabajo cualificado, ya que no tienen precio y la autonomía decreciente de las sociedades democráticas en elegir sus propios modelos de crecimiento y de estado del bienestar en un mundo en que el capital financiero puede moverse libremente en busca de la más alta rentabilidad sobre las inversiones en el menor plazo posible.
- Los socialdemócratas necesitan una conceptualización social y democrática distintiva del interés nacional. Preocupados como hemos estado con la conceptualización de nuestros valores globales, hemos dejado atrás la definición del interés nacional. Preocupados como lo hemos estado con la conceptualización de nuestros valores globales, hemos dejado a la derecha la definición del interés nacional, resultando en un énfasis sobre los intereses del capital. Una conceptualización del interés socialdemócrata del interés nacional, debería poner el énfasis sobre la seguridad humana a nivel decente para todos. Eso significa: controlar y gestionar la vulnerabilidad a la crisis del capitalismo financiero global, luchando contra los extremismos de la explotación y la exclusión creadas por este sistema; luchar contra las carreras hacia la cima en las relaciones laborales y los acuerdos sociales; y mantener la capacidad de las democracias del bienestar social para mantener sus normas sociales.
- La necesidad fundamental es mantener y defender la democracia parlamentaria contra la reacción Standard a la coordinación de los problemas del mundo global: centralización y tecnocratizacion.
- La necesidad de una idea y un concepto distinto de la democracia. A este respecto a Dani Rodrik, señala “el trilema político fundamental de la economía mundial”:
“No podemos simultáneamente perseguir la democracia, la determinación nacional y la globalización económica. Si queremos ir más allá en la globalización, tendremos que elegir entre dejar la nación estado o la política democrática. Y, si queremos mantener y profundizar en la democracia, tenemos que elegir entre la nación estado y la integración económica internacional. Y, si queremos mantener la nación estado y la autodeterminación, debemos elegir entre profundizar en la democracia y profundizar en la globalización. Nuestros problemas tienen sus raíces en nuestra resistencia a enfrentarnos a estas elecciones ineluctables.
Aunque es posible avanzar tanto en la democracia como en la globalización, el trilema sugiere que esto requiere la creación de una comunidad política global que sea más ambiciosa que cualquier cosa que hayamos visto hasta ahora o que sea posible que podamos experimentar pronto. Necesitaría de normas globales a través de la democracia, apoyada en mecanismos de rendición de cuentas que van más allá de lo que tenemos actualmente. La gobernanza democrática global es una quimera. Existen demasiadas diferencias entres las naciones estados para que sus necesidades y preferencias pueden ser acomodadas dentro de unas normas e instituciones comunes. Cualquiera que sea la gobernanza global que podamos conseguir solo podrá apoyar una versión limitada de la globalización económica. La gran diversidad que marca nuestro mundo actual, hace que la hiperglobalizacion sea compatible con la democracia.
Así que tenemos que hacer algunas elecciones. Seamos claros al respeto: nuestra democracia y nuestra determinación debería inventar la hiperglobalización. Las democracias tienen el derecho de proteger sus disposiciones sociales, y cuando este derecho está en conflicto con los requisitos de la economía global, es la segunda la que debería ceder el paso.
Uno podría pensar que este principio sería el final de la globalización. No es así. Volver a dar el poder a las democracias nacionales de hecho situaría al mundo en un footing mas seguro, más saludable. Y, allí es donde radica la paradoja principal de la globalización. Una fina capa de normas internacionales que deje bastante espacio de maniobra a los gobiernos nacionales es una mejor globalización. Puede resolver los males de la globalización mientras conserva sus beneficios sustanciales. Necesitamos una globalización inteligente, no una globalización máxima”.
*Monika Sie Dhian Ho y René Cuperus, respectivamente, investigadora senior y director del Wiardi Beckman Stichting
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